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Me enamoré de mi teléfono

 

La última película de Spike Jonze, Her, retrata la relación sentimental entre un hombre y el sistema operativo de su celular.

La última película de Spike Jonze, Her, retrata la relación sentimental entre un hombre y el sistema operativo de su celular. Hace 50 años una historia así sólo habría cabido en la ciencia ficción, pero hoy, expertos señalan que gracias a nuestra habilidad cada vez más fina para atribuirles cualidades humanas a las cosas, un horizonte así no se ve tan lejano.

por Jennifer Abate

THEODORE acaba de terminar una larga relación amorosa cuando conoce a Samantha. Ella se convierte en su compañera inseparable, se ríe de sus chistes, lo acompaña cuando se siente solo y lo ayuda a superar la ruptura. Él le muestra su mundo e, incluso, la presenta a sus amigos. Llega a sentir que ella se anticipa a todo lo que él necesita y cree que nunca ha sentido algo tan profundo como lo que ella le provoca. Se enamoran.

Hasta ahí, podría tratarse de una película romántica cualquiera, salvo por un detalle: Samantha no es real. Samantha es el sistema operativo del teléfono de Theodore.

Desde hace décadas que la idea de la inteligencia artificial ha poblado la imaginación de los escritores. Desde los intentos del poco conocido Robert F. Young, que en el cuento Treinta días tiene septiembre (1957) imaginaba un futuro nostálgico en el que un hombre común y corriente se enamoraba de la maestra-robot que había comprado para su hijo, hasta el El hombre bicentenario, de Isaac Asimov, la ciencia ficción ha llenado millones de páginas con la idea de máquinas capaces de sentir y pensar por sí mismas. Hasta ahora, sin embargo, todas esas historias cabían, cual más, cual menos, en el saco de la imaginación.

Es por eso que una de las particularidades de Her (2013), la premiada película de Spike Jonze (el mismo director de Quién quiere ser John Malkovich y El ladrón de orquídeas) que retrata la historia de Theodore y Samantha, es que llega a los cines en un momento en que la tecnología se ha desarrollado a tal punto, que no pocos piensan en que una relación de ese tipo se materialice.

Los expertos en informática y en relaciones humanas mediadas por la tecnología difieren sobre la forma. La mayoría cree que una unión sentimental con una entidad no física, como un sistema operativo, es imposible. Sin embargo, todos concuerdan en el fondo: los seres humanos tenemos la innata habilidad de transferirles cualidades humanas a los objetos inanimados, una capacidad que las nuevas tecnologías han potenciado hasta niveles que hace sólo 20 años no parecían imaginables. Hoy por hoy, sostienen, nuestra relación afectiva con las máquinas está recién comenzando su recorrido.

No hay dudas de que la sorprendente tecnología de esta década que ha perfeccionado la inteligencia artificial (ver recuadro) es la que hoy nos hace pensar en el argumento de Her como una realidad futura. Sin embargo, las raíces de esta expectativa vienen de más atrás.

En 1966, Joseph Weinzenbaum, profesor de informática en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) y considerado uno de los padres de la cibernética, puso a prueba Eliza, un programa computacional capaz de mantener una conversación simple con cualquier persona. Cuando alguien escribía una frase, el programa buscaba palabras clave en su base de datos para responder al usuario y simular una conversación, más o menos de esta forma:

Humana: Bueno, mi novio me hizo venir hasta acá.

Eliza: ¿Tu novio te hizo venir hasta acá?

Humana: Dice que paso mucho tiempo deprimida.

Eliza: Lamento escuchar que estás deprimida.

Humana: Es verdad. No soy feliz.

Eliza: ¿Crees que venir acá te ayudará a no estar tan triste?

Si bien el solo funcionamiento de este programa era un hito en el campo de la tecnología, Weinzenbaum siempre se mostró más interesado en la forma en que las personas parecían entablar una relación afectiva con el programa. De una manera que a él le parecía increíble, la gente se relacionaba con su diseño tal como si estuviera conversando con un humano. “Una vez, mi secretaria, que me había observado trabajar en el programa por muchos meses y que con toda certeza sabía que se trataba de un simple software computacional, comenzó a hablar con el programa. Después de sólo unos pocos intercambios entre ella y la máquina, me pidió que abandonara la habitación (como si Weinzenbaum estuviera interrumpiendo algo íntimo). De lo que no me había dado cuenta era de que exposiciones cortas a un programa relativamente simple podían inducir a pensamientos poderosamente ilusorios en personas normales”, reflexionó Weinzenbaum.

Sin tecnología de punta ni dominio de las entidades virtuales mediante, esto era posible ya a fines de los 70 debido a que, más allá de lo que hoy potencia el desarrollo tecnológico, los humanos hemos sido, desde siempre, animales sociales.

Según Pamela Rutledge, doctora en sicología y directora del Centro de Investigación sobre Sicología de los Medios, esto quiere decir que estamos biológicamente determinados para conectarnos con otros como parte de nuestro instinto de supervivencia. “El mundo ha cambiado, pero nuestra salud emocional y física sigue dependiendo de otros. Debido a estos impulsos innatos, tendemos a antropomorfizar, es decir, atribuir características, personalidades y motivaciones típicamente humanas, a todo tipo de cosas no humanas”.

Lo venimos haciendo desde hace tiempo. Con las mascotas, por ejemplo. Hoy muchas usan ropa de temporada o se quedan en hoteles cuando sus amos están lejos. Pero gracias a la tecnología y teniendo de fondo una sociedad cada vez más individualista y alejada de otras personas, es mucho más común que nunca hacer lo mismo con objetos inanimados, debido a que es cada vez más simple que estos adopten las características de una persona y menos de lo que realmente son: cosas.

¿Ridículo? Nada de eso. Simplemente piense en la popularidad de los Tamagotchis o mascotas virtuales hace unos 15 años, que hizo que pasear a un dinosaurio con hambre y sueño en un llavero fuera la moda entre los niños. O más cerca, en la nueva generación de Furbies, muñecas que cantan o conversan cuando detectan que otro de su especie está cerca.

La doctora en educación Julie Carpenter, especializada en el estudio de las dinámicas entre humanos y los robots, señala que “independiente de cuán ‘inteligente’ sea una tecnología, nuestro instinto como humanos es darles características orgánicas a cosas que parecen tener autonomía y propósitos”, lo que ha generado “un espectro de respuestas emocionales hacia esas cosas, que depende del rol de esas tecnologías y las tendencias de uso de cada usuario”. O sea, “amar” una cosa es hoy perfectamente posible. Tener una relación con ellas podría ser, en el futuro, una realidad.

Parece imposible, pero en nuestro cerebro una cosa que parezca humana puede provocar tanto afecto como una real.

Según Daria Kuss, experta estadounidense en lo que se ha denominado “cibersicología”, “los mecanismos sicológicos que nos permiten sentir emociones positivas por cosas, incluyendo las personas digitales, son los mismos que nos permiten sentir emociones positivas por nuestras parejas reales, familia y amigos”. En esto, dice, juega un rol clave el sistema límbico, la zona más primitiva del cerebro, encargada de las emociones y el instinto. Estudios han probado que los dispositivos tecnológicos son tan capaces de activar este sistema como el contacto con otras personas. La ecuación es fácil: si estos artefactos nos hacen sentir emociones positivas, nos encariñamos con ellos como generamos afecto hacia las personas que nos hacen sentir bien.

David Levy, experto en redes computacionales e inteligencia artificial y autor del libro Amor y sexo con robots, incluso pone una fecha: “En 2050, el amor con robots será tan normal como el amor con otros seres humanos”.

El apego entre los humanos, apunta Levy, responde a diez factores, entre los que destaca la similitud, el gusto recíproco, el misterio y sentirse listo para iniciar una relación. ¿Por qué estos aspectos no podrían aplicarse a los robots también?, se pregunta.

Daria Kuss ve las relaciones sentimentales entre los humanos y las máquinas como algo muy posible. “Creo que la pregunta es qué tanto debe parecerse un personaje virtual a un humano para desarrollar una relación de amor. Una vez que un organismo con inteligencia artificial sea capaz de desarrollar emociones de manera autónoma y empatizar con otros, la idea del amor entre humanos y máquinas se volverá realidad”.

Publicado por latercera.cl

 








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